Los ciudadanos irlandeses han rechazado el tratado de Lisboa, tirando por los suelos todos los proyectos que los burócratas habían planificado desde Bruselas. Hay que ser ignorantes, pensarán algunos. ¿Cómo pueden dar la espalda a una Unión Europea que retiene inmigrantes durante casi un año, cuando no los expulsa, sin ninguna explicación? ¿Cómo es posible que digan no al aumento de burocracia que este nuevo tratado pretende imponer? ¿Cómo negarse a Bolonia, y al resto de privatizaciones que se nos avecinan? ¿Por qué no aceptar la jornada de 65 horas, aprobada por unanimidad en Bruselas? Ni si quiera están conformes en pertenecer a un continente que pretende imitar en todos los sentidos a Estados Unidos, ratificándose año tras año en una unión elitista, que discrimina a los países pobres y a la diversidad cultural. También se manifiestan como si tuviera algo que ver con los elevados costes del petróleo, o la influencia del Banco Mundial y la economía europea en la crisis mundial que nos azota. Qué ignorantes. No cabe duda de que por la cabeza del señor Sarkozy –presidente momentáneo de la UE- habrá pasado más de una vez la pregunta: ¿Qué sentido tiene someter a votación un Tratado? ¿Para qué sirve preguntar a la ciudadanía sobre algo, si son simples corazones sentimentales, que se dejan influenciar por cualquiera? Y es que, curiosamente, Irlanda ha sido el único país en el que el tratado de Lisboa se ha sometido a referéndum. Los demás países ni siquiera nos habíamos enterado de que nuestro Gobierno había aceptado tal acuerdo. Vivimos ajenos a los que nuestros gobernantes hacen o dejan de hacer, porque se supone que, una vez les hemos votados. Tienen cancha libre para hacer lo que les plazca con nuestras conciencias, al parecer inválidas y tullidas para decidir sobre otros asuntos trascendentales. Por ello, los hilos de los poderosos políticos europeos ya están tejiendo artimañas que menosprecien la libre voluntad del pueblo irlandés, y conviertan la crisis europea en un mero bache en el camino, cuyo ocultamiento es bien fácil con un poco de cemento duro. Los mismos gobernantes que usaron la demagogia más escabrosa para convencer a los ciudadanos europeos de que integrarse en la UE era el deber de todo “país de bien”, el camino lógico y natural que la democracia debía adoptar, no valoran la decisión tomada por los ciudadanos irlandeses, fruto de esa democracia por la que tanto predican, pese a que a la hora de la verdad, pocos son los que la utilizan en su significado etimológico. Porque si democracia significa “libre voluntad del pueblo para decidir”, no debería terminar esa relación entre pueblo y sistema en las urnas, sino que debería estar presente en todas y cada una de las decisiones de una comunidad. Sabemos las artimañas que todos los políticos se gastan con tal de que un puñado de fanáticos de la imagen les voten. Sabemos que esta democracia que la UE emplea es pura fachada, que esconde en realidad la búsqueda de los intereses de unos cuantos magnates y adustos ricachones de capa y espada. Por eso, la única democracia válida es la directa, tan sólo ella sería capaz de encaminar al ser humano hacia esos valores que desde su nacimiento persigue con tanto ahínco.
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Como los cangrejos
Hace 10.000 años, el ser humano descubrió la agricultura y la ganadería. Hasta ese momento, la caza era la única forma de alimento y de trabajo, de forma que toda la tribu debía participar en ella si quería alimentarse y sobrevivir. Sin embargo, con la llegada de las nuevas especialidades, en lo que parecía una auténtica ventaja, surgió el gran problema de la humanidad. Ahora ya no era necesario que todos cazaran, sino que bastaba con que unos pocos se dedicaran a la agricultura y a la ganadería para alimentar al resto de la tribu. Los demás podían ejercer trabajos distintos, más cultivadores, como la escultura, el arte y otras especialidades que contribuyeron a la evolución y el desarrollo intelectual de la especie. Pese a todo, emparejados con la división del trabajo, surgieron los excedentes de producción y, con ellos, el primer dilema moral de la reciente historia del homínido. ¿Qué hacer con ellos? En un abrir y cerrar de ojos, surgirán, de las entrañas más profundas del infierno, las clases sociales, y, con ellas, las desigualdades. Monarcas y clérigos se harán con esos excedentes de producción. ¿Cómo? Legitimando la acción de trabajar para otro y rutinizándola en el día a día por medio de innumerables procesos. A través de la palabra de un dios todopoderoso, lograrán someter a los pobres campesinos durante siglos. Éstos, mientras tanto, devendrán de forma inerte en la tortura de la vida, tan sólo inferior en monstruosidad al infierno, lugar en el que acabarán si no cumplen con “su cometido”. Su vida dedicarán a unos cuantos elegidos, los nobles y clérigos, elegidos por dios para desempeñar el papel de tiranos ante la sierva población. Para mantener ese proceso de sumisión, se castigaba fuertemente a quien osara plantar cara a la autoridad, mediante el establecimiento de un fuerte sistema de sanción, que prevenía al sistema de todo tipo de revolucionarios que pudieran ponerlo en peligro. La Edad Media fue el periodo más infeliz en la vida de la mayoría de personas, por llamarlas de alguna manera.
Mucho habría que esperar para que las cosas mejoraran, puesto que la estructura de esta época iba mutando, pero siempre continuaba. Los déspotas monarcas se transformaron en empresarios, banqueros, ricos y, luego, burgueses. Todos ellos contribuyeron en su día a que el sistema siguiera en pie, y continuaron sometiendo a los trabajadores a interminables horarios laborales, cuando apareció el sistema capitalista de producción. En la diferencia de horas laborales con otras empresas es donde estaban los mayores beneficios, así que se empleaba una plusvalía absoluta, con el objetivo de extraer los mayores beneficios posibles de la producción. Hasta el siglo XX, no cambiará la situación. En este momento, los sindicatos ejercerán una gran labor presionando a los empresarios y poderosos, hasta lograr la jornada laboral de 8 horas. Todo un logro celebrado entre las masas obreras mundiales. Sin embargo, el capitalismo seguía necesitando producir para no morir, así que la plusvalía absoluta será reemplazada por la relativa, y los trabajadores, sustituidos por máquinas, que realizarán el mismo trabajo, pero en menos tiempos. El paro comenzó a instaurarse en la sociedad, y con él, el miedo de los trabajadores a desempeñar mal sus laborales.
Ayer, 10 de junio de 2008, la tan laureada Unión Europea, aprobó la jornada máxima laboral de 65 horas semanales, equivalente a trabajar 13 horas diarias. Como respuesta a la crisis, no es más que insuficiente, porque bien es sabido que ésta no se soluciona base de aumentar la producción descaradamente, de forma tozuda. La conclusión a la que han llegado un puñado de hombres poderosos trajeados es que las mujeres y hombres de hoy son capaces de aguantar más de la mitad del día trabajando. ¿Por qué no? Parece que volvemos a aquello de “trabajar dignifica”, aquellos viejos tiempos de la plusvalía absoluta y la inexistencia del tiempo libre. Debemos ser conscientes de que, en realidad, el trabajo surgió de la necesidad del propio hombre, y no de la de los que, con la excusa de ser ricos, le cargaron con la responsabilidad de trabajar el doble por aquellos que no dan un palo al agua. Seamos conscientes, pues, de que trabajar es una carga, un peso nada superfluo que se nos impuso desde la edad media. Ahora, la moderna UE, esa organización sectaria con graves problemas de aporofobia, parece retroceder en cuanto a libertades se refiere: expulsión y maltrato a inmigrantes, privatización de la enseñanza con el sistema de Bolonia, auge de gobiernos fascistas… En fin, queda de manifiesto, como conclusión, que la globalización impone barreras, no las derriba. Es irónico el hecho de que, desde la caída de aquel muro famoso en 1989, han crecido muchos más por todo el mundo, que dificultan de forma alarmante las relaciones interpersonales y el auténtico objetivo de las personas: la autorrealización. Al parecer, retrocedemos como los cangrejos.